miércoles, 5 de mayo de 2010

Prólogo.

Después de tanto tiempo repitiendo el mismo esquema, mi cuerpo, que a esas alturas actuaba como un peso muerto, se había adaptado preocupadamente a una estancada rutina. Lo que yo estaba afrontando no era una vida cotidiana, era algo aún más exagerado que eso. Consistía en una sucesión de acciones que todos los humanos repetían pero yo, en mi naturaleza de androide asocial e indiferente, les daba un aire realmente triste en el sentido despectivo de la palabra. Había cogido por costumbre hacerles más feliz la estancia a mis profesores de inglés, es decir, hacer pellas y marcharme a deambular por la parte antigua de Estocolmo en la que se encontraba una interesante librería cuya parte trasera escondía un interminable arsenal de comics americanos que me mantenían absorto y aislado del mundo por un considerable periodo de tiempo. Aprovechando que tenía algo de dinero encima de la vuelta de mi comida, adquirí un ejemplar del primer volumen de una serie sobre un antihéroe llamada The Darkness. En el mostrador pedí prestado un bolígrafo que estaba posado sobre el vidrio empañado del escritorio y escribí en la primera hoja junto al título “Victor, 9/07/94”. Mi madre, antes de dejarnos para irse a otro mundo mejor que desconocemos, me había pegado la costumbre de escribir la fecha de compra de los libros. Ella, Isobel Berglund, era una mujer preciosa, de suaves facciones en contraste con su fuerte temperamento. Poseía unos grandes ojos grises que parecían salirse de las cuencas y un cabello largo y negro como el éter. Lo cierto es que tras su muerte había dejado un montón de bonitos recuerdos y una inconfundible esencia de su perfume más preciado: la dulzura materna.
Dándome cuenta de lo tarde que era crucé el paseo de los viejos sauces que atajaba hacia mi casa. Observé como el camino empedrado y yo nos quedabamos aislados del mundo bajo la sombra de aquellos gigantes de ramas pobladas. Oteé al final del pasaje una figura de un hombre fornido y derecho, con las manos en la cintura como gesto de impaciencia. Mi padre sonreía ahí postrado, lleno de energía en el jardín del caserío en el que vivíamos, que sólo costaba de un anciano tejado de pizarra sobre cuatro envejecidos muros grises. Lars Erik Berglund, así se llamaba el que ahora me mantenía y del que me sentía realmente orgulloso por su manera de dejar atrás el pasado, cruzó conmigo el umbral de nuestro hogar y me asió del hombro con cariño. Allí si me sentía a gusto.